Y un elefante rosa sostiene una vela, iluminando el cielo, para que todas las niñas perdidas de noche puedan encontrar el camino de vuelta a casa.
Nunca comprendí qué misterioso placer me empuja contra las paredes y me arroja de forma violenta lastimando mi piel y mis huesos. Recuerdo que no me importaba el dolor porque las creía dóciles y solubles como si mil plumas soberbias las hubiesen compuesto. Mi pobre imaginación soñaba con arrastrarlas lejos, mover esas paredes y encontrar la libertad más pura alguna vez soñada. Solo quiero ser recordada como esa desquiciada que logró transformar la materia más insulsa e inamovible en magia. En amor. Esa noche la perpetración fue tal que las lágrimas escupieron ácidas sobre mi cuerpo asqueadas de mí, intolerantes al máximo. Lo que nadie comprendía es que esas paredes eran azúcar. El azúcar más dulce que alguna vez haya probado. Todos me miraban incrédulos, creyéndome necia pero yo sabía que lo que había encontrado valía la pena. En un instante se transformaron en todo para mí. En mi todo. Esas paredes fueron mi refugio tanto tiempo que casi había olvidado que lo que yo estaba anhelando era libertad. El llanto del cual aún no me percaté cae tormentoso sobre ellas, envolviéndome en los ríos más dulces que se hayan navegado. Y eso fue, una dulce experiencia en la cual me ahogué aún sintiendo placer hasta el último instante. Me dejaron naufragarlas con total dulzura y cuidado. El dolor duele. Entenderlo te ayuda a disfrutarlo. Todo fue hermoso. Gracias mágicos lugares de los cuales me ví obligada a descender, nunca fui de acá...sólo me confundí un largo rato. Me dejaron vivir entre humanos, disfrutar de sentimientos humanos y se los agradezco pero mi alma es otra cosa, algo que aun no comprendo.


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