Y un elefante rosa sostiene una vela, iluminando el cielo, para que todas las niñas perdidas de noche puedan encontrar el camino de vuelta a casa.
Fue una noche de invierno y llovía. Le dije 'mi amor, agárrame fuerte del pelo que nos metimos en un largo viaje de ida y comienzo a temer'. Tomó mi mano y jaló de mi cabello. Mis ojos se desorbitaron y no podía volver en sí. '¡Te dije que fuerte!', le grité. '¡Más fuerte!'. Se posó sobre mí, sus ojos eran rojos. Ya no estábamos allí, estábamos elevándonos lentamente hacia aquellas alturas que hacen a los hombres rudos llorar. 'Quiero volver, quiero volver, quiero volver', gritaba mi mente mientras mi boca se contracturaba y deformaba en un grito mudo. Tendrían que haber visto su mirada de fascinación sosteniendo con fuerza lo que iba quedando de mí. Fui sumisa y me dejé enviajar. Dejé de ser para siempre lo que creía ser. Moldeó con sus manos a la criatura salvaje que habitaba en mí. Sus venas se hinchaban  y yo se las quería arrancar. Quería transformarme en un lobo y acecharlo hasta hacerlo rogar. Y el río me llevó puesta, me arrastró, revolcó y me ahogó en sus profundidades sin que a él lo mojara una sola gota. Ingenua. Te pudo. Nadie me enseñó a nadar en tal densidad. Noté con horror al abrir con pesar mis ojos que, lo que río creí, era mi renuncia a la libertad proviniendo del que me supo domar. Me susurró al oído que no me duerma, que no vacile y no me esconda, porque me vendría a buscar una y otra vez. Sonreí ansiosa. Me conoce. Él sabe que paso mis días jugando a ser todavía una niña aunque sueñe con el caos, con disparar armas y ver correr sangre. Renuncio a todo por ver otra vez a la luna explotar causando espasmos en mi piel. Mi cabello ahora es de llamas y mi corazón arde tanto que nadie lo puede tocar. ¿Cuál es? Aún nos pueden ver por las calles con la mirada fuera de órbita extasiados ante la perversidad polimorfa que nos habita y nos es festejada.


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