Y un elefante rosa sostiene una vela, iluminando el cielo, para que todas las niñas perdidas de noche puedan encontrar el camino de vuelta a casa.
No hay forma de rechazar ese sonido imposible de perfeccionar que llega a mis oídos. Somos los devotos del rock en cuerpo y alma. Son mis pies los que se hacen cargo de toda esa libertad. Mi cabeza inyectada por mi cuello comienza a agitarse. Tan solo quiere dibujar círculos en el aire mientras mis ojos observan extasiados la icónica lentitud con la que viaja mi pelo mientras se sacude. Es ese mechón que cae sobre mi cara constantemente el que te incita a tomarlo y despejar mi rostro. Parece que cierto endemoniado lenguaje corporal que se libera en mí cuando ponemos ese disco a vos te llama la atención.


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